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Familias, hogueras de esperanza en pandemia

No cabe duda que el confinamiento de la pandemia ha llevado a repensarnos como familia, a descubrir que lo más impórtate es fortalecer los lazos que unen con cada uno de ellos. Volver a lo simple, a los pequeños gestos hechos con amor: como un buen abrazo, una buena sonrisa, un “porque te quiero te respeto y valoro”, me interesas y por eso busco cualquier excusa o juego para compartir contigo, para disfrutarte como regalo maravilloso de Dios enviado para mi crecimiento y el de mis hermanos de casa.

La pandemia es tiempo de volver a la raíz de todo, a lo que estábamos perdiendo por el corre-corre de los muchos quehaceres cotidianos y que estaban haciendo que dejáramos los seres queridos en el último escalafón de nuestras prioridades. A los corazones que teníamos en el cajón quizás del olvido. O sino pregúntate, ¿Cuánto tiempo hacia que no compartías con sus padres, un buen tiempo de calidad? O ¿con sus hijos a los que sin darnos cuenta ya lo pasaron en altura, quienes por los muchos quehaceres tuvieron que pasar momentos importantes de su vida sin nuestra compañía?

Son muchas los momentos no compartidos y quizás lo más deprimente y frustrante es que no se volverán a repetir. El tiempo es el único que no perdona. Es cruel porque no se detiene ni un segundo para decir: “es que estas tan ocupado que me voy a detener unos instantes para sentarme en esta piedra a esperar que tengas el tiempo de calidad para tus seres queridos”.

La pandemia es un alto para pensar y descubrir en esa gran oportunidad de cambiar las situaciones de no reconocimiento del otro. Lo cambio por el de “me importas tanto, que te voy a valorar hoy en adelante”. No voy a esperar que el Señor te llame a su encuentro definitivo con Él para gritar a los cuatro vientos y cuando no estés presente lo importante que eres para mí a través de una carta de despedida en la eucaristía exequial.

Pandemia es tiempo de atizar los pequeños carbones aun encendidos del amor a los seres queridos, de reconocer en ellos los tesoros invaluables que están a mi lado. De empezar a cumplir mi verdadero rol como integrante de una familia como lo recuerda Efesios 5, 25 “el de amarnos los unos a los otros cómo Cristo nos ama”. Es con su amor y en su amor que lograremos hacer de nuestras familias verdaderas hogueras de esperanza.

¿Qué tal si le quitamos un espacio a la televisión o a la internet o al whatSapp y nos dedicamos a compartir más con el abuelo o la abuela? Así aprovecharíamos la oportunidad de llenarnos de su fuente de sabiduría. O si le pedimos a la abuela que nos vuelva a hacer sus deliciosas recetas que nos encantaban tanto y nos congregan a todos a compartir la vida. Es el momento de disfrutarnos convertido en una maravillosa experiencia en la que cada uno pone su granito de arena para la comida, en preparar el fogón o los juegos para el compartir, las risas y demás momentos de la creatividad de cada uno en el compartir familiar.

Necesitamos padres muy cercanos a los hijos en sus anhelos y luchas internas, que eviten preocuparse menos por darles cosas materiales y sí dedicarse a darles las más importantes que son las espirituales: son estas las que le van a ayudar a enfrentar al mundo en sus muchas dificultades. Pues vale más enseñarles a realizar sus sueños y proyectos, a enfrentarse a los problemas y las dificultades, que dejarles grandes riquezas sin un buen espíritu de lucha y de perseverancia, en la que por ninguna dificultad se tire la toalla y se salga corriendo, o en el peor de los casos se busque los caminos más fáciles y menos constructores como son la mentira, la inconstancia o los vicios.

Cómo serían nuestras familias si los hijos ven en los testimonios de los padres verdaderos inspiradores de vida y ejemplo de crecimiento en comunión y unidad de vida. Y viéndose sumergido en ese entorno contagioso no les quede más que empezar a ser unos comprometidos, en responsabilidad en las labores de casa, estudio y respeto por la el otro, por la vida y la naturaleza. 

Todas las familias están invitadas a aprovechar este tiempo de pandemia al máximo, a hacer del hogar santuarios de oración y paz, una verdadera comunidad de amor, y empezar por arropar, proteger, fortalecer a los que se consideren más frágiles dentro de la misma, a hacerles sentir todo el calor del amor de todos, para no darle cabida a la ansiedad, el resentimiento los vicios y apegos que hacen tanto daño a la familia y que quieren desintégrala. 

Desde un verdadero acompañamiento personal movidos por el corazón de Cristo que nos lleve a entregarlo todo como su ejemplo en la cruz. Así cada uno cumple con el rol de entrega mutua, el uno con el otro. Podremos tener en las familias verdaderos núcleos fuertes para la construcción de una sociedad más justa y solidaria donde se realicen muchos proyectos y donde reine el respeto el amor y la paz.

P. Arley Pérez Cuevas, CJM

Capellán UNIMINUTO, Sede Buga.


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